(...se hace necesario aclarar que la mona modelo no ha sido manipulada...)
31.7.08
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23.5.08
Amigos con tetas
Deseo pasar la tarde contigo. Desnuda.
Y ver tus ojos.
Deseo tirarme al mar. Desnuda.
Y que el agua no esté fría.
Deseo seguir creciendo. Consciente de que soy temerosa de Dios y de la Santa Inquisición, pero también consciente de que los verdaderos Santos son los exploradores.
Y por eso quiero quitarme la ropa, estar desnuda. Como en Almería.
Y contigo. Como cuando leí en voz alta.
Teresa R.Caride
(otra virgen suicida)
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15.10.07
Jerome Murat
Gracias a Jose, que siempre hace magia.
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1.10.07
La noticia de actualidad
Foto: Robert MappelthorpeLa noticia de actualidad es que
se me ha dado por pensar en ti
como si no hubiésemos estado
creando algo enfermizo juntos.
Ahora te puedo ver
desde fuera de la creación
y admirarte sin mi.
Antes usaba tu nombre a todas horas
sin preguntarme por qué.
Ahora no puedo parar de preguntarme
por qué lo usaba sin preguntármelo.
Tengo que escribirlo en todas partes
para que me dejen entrar.
Eres la contraseña de todos mis accesos.
Añoraba sentir
la pasión, el desenfreno.
Añoraba sentirme
deseada, necesitada.
Ahora todo esto me parece un “paripé” de burdel.
Lo único que ha cambiado es que no estás tú,
y yo me encuentro en un convento mental.
Dices que te has vaciado,
pero yo aún lo dudo,
resistiéndome también a buscar
restos de combustible en mis entrañas.
Sé que están ahí escondidos
con mucho miedo a ser descubiertos o a salir.
En realidad siempre supe que no sabría cómo vaciarme.
La noticia de actualidad es
que se me ha dado por pensar
en esta forma de querernos que tenemos...
Que me aterra la idea de perderte.
Que me aterra la idea de perderme sola en el vacío.
Que aun me acecha una imagen arquetípica
arrancada de mi más tierno abandono infantil.
II
Siento que lo puro se escurre entre mis manos como la arena.
No sé amarrar lo bello, lo dulce, lo mío.
Demasiado miedo a perder, y me quema.
Vivo entre dentro y fuera,
entre convento y burdel,
entre lleno y vacío,
entre confianza y duda,
entre buscar y huir.
Vivo entre momentos en los que sólo pienso en decir:
¡Oye chico!
Sí, sí, tú.
¿Puedo volver a respirar dentro de tu boca?
¿Puedo volver a espiarte los sueños en la cara mientras duermes?
Y momentos en los que sólo sé que:
te amo mucho pero mal
porque no sé estar sola,
y aun no sé realmente por qué
me amas mucho pero mal tú a mí.
Si de algo estoy segura
es que nada bueno vamos a crear
mientras no aprendamos a amar menos pero bien.
Necesitamos volver a respirar aire limpio,
aire que no esté reciclado,
tocado, manoseado y pervertido.
Aire que venga de fuera de nuestro ego inseguro,
del enorme ego inseguro que juntos hemos creado y alimentado.
Pero te echo tanto de menos
que algunos días me cuesta
hasta respirar.
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3.9.07
En el futuro no hay abuelitas.
El sábado por la mañana aparece mi luz. Son las diez y doce. Nunca aparece a la misma hora. Es un reloj que en invierno atrasa. En verano adelanta. Se pasea por el suelo del dormitorio. De un salto sube a la cama. Recorre la colcha. Me cruza la cara. Me despierto cegada. Me duelen los huesos. Mi abuela se levanta temprano. Me he ido escurriendo hacia su lado de la cama. El lado hundido. Está muy gorda. Está deprimida. Mi abuelo está muerto. Mi padre está muerto. Por esos vivimos juntas. Por los muertos. Intento pensar en qué día de la semana estamos. La luz sólo me cruza la cara en sábado. Los sábados no soy yo. Vengo del futuro. Me despierto en otra época. No sé como es ese futuro. No necesito saberlo. No me hace falta. Basta con saber que no es como el presente. Me despejo. Sólo tengo que convencerme a mi misma de la extrañeza. El desconcierto en todo lo que veo. Finjo estar dormida. Me doy tiempo para entrar en situación. Me desperezo trabajosamente. Me froto los ojos. Poco a Poco. Entre las nieblas del sueño veo un espacio que no reconozco. Me concentro durante unos segundos para no reconocer. Envío presión a las sienes. – No reconozco, no reconozco, no reconozco -.
La niña del futuro ya no sabe donde está. Abre mucho los ojos mientras aparta las sábanas. Las mantas. Baja de la cama con los ojos como platos. Muy extrañada. Desconcertada. Casi no puede pensar. Como una autómata camina hacia una abertura en la pared. Dentro hay un espacio idéntico. Ve acercarse a una niña de unos 8 o 9 años. La saluda. Ella le devuelve el saludo. Las dos estiran un brazo al frente. Con un dedo intentan tocarse. Su dedo toca su dedo. Es duro. Es frío. Se da cuenta que son la misma persona. Es su reflejo. Lo mira. Se toca la cara y el pelo. Se extraña de si misma. De su ropa. De su peinado. De su extrañeza. Es antigua. Es de otra época. Observa los objetos que la rodean. El papel de flores de las paredes. Las pequeñas alfombras de imitación persa. La cómoda con sus figuritas de porcelana. El peine y el espejo de plata. La colcha azul de ganchillo. Se recrea con la colcha. Le encanta la forma en que las lanas están sujetas unas a otras. Azules y verdes atados. Siempre se recrea con la colcha. Le gusta tanto que le resulta fácil extrañarse. Se acerca a la cómoda. Desliza los dedos por las figuritas de porcelana. Una a una. Se concentra en su tacto liso y frío. Se detiene en un plato. Lee una inscripción en letras doradas. "Te quiero abuelita". Lo mira extrañada. En el futuro no hay abuelitas.
Una voz chilla desde el piso de abajo. Es una mujer. La niña del futuro se sobresalta. Escucha el subir de unos pasos pesados y lentos por la escalera. Se aterroriza. Se mete más en el papel. Envía una dosis extra de presión a las sienes. Sabe que ahora viene la parte más difícil. Se escabulle otra vez bajo las sábanas. Se cubre la cabeza fingiendo que está dormida. Se da tiempo para prepararse. -¡Nenaaa! ¡Neniña!-. – Escucha en un susurro suave. El corazón le late descontrolado. Siente un tambor dentro del pecho. Unos pasos que se acercan. Como se hunde el lado izquierdo del colchón. Una mano que tira de la mantas. Cierra los ojos con todas sus fuerzas. - Las sopas, reina- . De nuevo la voz. Le acarician la cabeza por encima de las sábanas. Se arma de valor. Abre los ojos de golpe. Sentada en el borde de la cama una mujer gorda y vieja. Se inclina sobre ella. Se acerca. Ofrece una sonrisa. Ofrece una dentadura postiza perfecta. La niña del futuro se queda pasmada mirándola durante unos segundos. Los segundos se hacen eternos. Segundos dificilísimos. La mujer ofrece un tazón con la mano. Ofrece amor con los ojos. Un rostro dulce. Un rostro amable. Un rostro extrañamente familiar. La niña del futuro se incorpora lentamente. Recibe lo que le ofrecen sin apartar la vista de la emisora. -Cuidado nena que te va a caer todo por la cama- . Dice la mujer sonriente. La niña siente que la mujer está incomoda y nerviosa. Suena un ring lejano. Las dos dan un pequeño salto. Parte del contenido del tazón se le derrama por encima de la colcha. La mujer chasquea la lengua molesta. Se levanta dejándola sola. Baja las escaleras despacio. Una nota blanca entre paso y paso. El ring sigue quejándose insistente. Rítmico. Deja de sonar. La mujer está hablando con alguien. La niña del futuro se siente inquieta. Empieza a aburrirse. Se acuerda del tazón. Aprovecha para inspeccionar su contenido. Varios cachos de pan flotan en un mar de leche y azúcar. Las Sopas. No está muy segura de lo que tiene qué hacer. ¿Tiene que comérselas o sólo aguantarlas? La curiosidad le puede. Prueba un poco con la punta de la cuchara. Las deja en la mesilla. En le futuro no hay sopas.
Sigilosa como una gata se acerca al hueco de la escalera. Afina el oído. Trata de escuchar la conversación.
Sí.
…
Todo está arreglado para las cinco. Falta mandar las flores y llamar a tu hermano.
…
La incineración es a las seis.
…
No te preocupes nena, deja que yo me encargue.
…
Pues ya está despierta.
…
Umm.
…
Yo la veo mejor, aunque sigue levantándose algo desorientada.
…
No.
…
No habla…la verdad, como si no fuese ella.
…
Está aún medio dormida.
…
¡Ya!
...
¡Aah!
...
Pues parece asustada.
…
No…parece que no me reconoce.
…
¡Hija, yo no sé ya que hacerle!
...
Seguro que no es nada. No hay que darle importancia.
…
No creo que se dé cuenta de todo lo que está pasando.
…
Igual es bueno llamar al médico ese.
…
Luego te llamo que no quiero dejarla arriba sola.
…
Besos cielo.
…
Sí.
…
Tranquila.
…
Besos.
Suena una pisada en el escalón. La niña del futuro corre de puntillas. Se sienta en la cama. Coge el tazón de la mesita. Otra parte del contenido se le derrama por encima. La mujer reaparece tras la puerta. Lentamente. Mira la colcha mojada. Son ojos tristes. Ojos de cielo. Los ojos de una persona que ya no está aquí. Se miran. Se hacen conscientes la una de la otra. Se reconocen.
Reconozco su dolor. Su dolor me hace perder el control. Envío una nueva dosis de presión a las sienes. – No reconozco, no reconozco- no reconozco-. Ya no funciona. La consciencia de presente me llena por dentro. Sólo existe el presente. El futuro se convierte en un juego. Miro molesta a mi abuela. Acusadora. Con su dolor ha matado a la niña del futuro. Ella sonríe con una sonrisa vacía. Fabricada sólo para mí. Para la ocasión. Siento que una ternura infinita me invade. Luego una sensación de placer inmenso. No puedo imaginar un tiempo sin ella.
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16.8.07
20.3.07
La trigresa del oriente. Un nuevo amanecer
Este fantástico fin de semana, he tenido el privilegio de compartir con unos pototos y una potota (con baile, canto desafinado y hasta grito pelado) "La tigresa del oriente". Hemos seguido sus sabios consejos. No hemos sido egoistas, ni orgullosos y nos hemos dado mucho amor. Como premio, juntos, un nuevo amanecer. No sé si hemos rectificado nuestros errores pero...nadie es perfecto.
Comprendereis que después de esto no he podido pasar ni un día más desaparecida. Hay para todos los gustos. No hay más que fijarse en el "momento borrico".
Bicos mil
Ah! y un saludo para todos los pescadores del Perú y del mundo.
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3.1.07
Jugando con Eva

Hace cosa de seis meses me encontré a tu hermana por la calle y le pregunté por ti con mucho cariño. Con el cariño que se tiene a las grandes expectativas que se tuvieron y no se cumplieron, en un pasado no demasiado reciente. Me dijo que ya no tienes ganas de jugar a nada. Me vino a decir, parafraseando el recuerdo de tus palabras, que te has parado demasiado a pensar, que pretendías ser demasiado consciente de lo que es estar viva y, mientras teorizabas lo que todo eso conlleva, te ibas olvidando de vivir. Supongo que quieres, o en el mejor de los casos querías, huir de la vida, que de pensar tanto en ella le tomaste miedo. Me atrevo humildemente a invitarte de nuevo a jugar y a recordarte, por si lo has olvidado, las normas de un juego que no siempre acaba cómo y cuándo una pensaba o querría en un primer momento pero que, como el sexo, no deja de ser más que una forma de comunicarse, de intercambiar, de compartir algo muy íntimo que tiene su gracia, justamente, en que no sabes hacia dónde te va a llevar.
No te lo vas a creer pero, por una de esas extrañas coincidencias de la vida, hace tres días fui a una cena al restaurante de unos amigos y una de las invitadas era Concha. Estaba muy cambiada, no sé decir exactamente en qué, pero ya no me pareció la misma novia florero de entonces. Se sentó a mi lado en la mesa y estuvimos hablando muy animadamente con el grupo de gente más próximo durante toda la velada, aunque nadie propuso jugar a nada. Bebimos un albariño riquísimo que al final de la noche se nos había subido un poco a la cabeza a todos los presentes. En medio de risas, cachondeos y recuerdos del pelo largo, Concha me recordó nuestro fin de semana en Ourense e hizo referencia al juego de la verdad. Guiada por la curiosidad y los grados, le conté mi vivencia de los hechos y me animé a preguntarle directamente qué era lo que ella había pensado aquella noche, y a quién había deseado. Me pareció que describía con cariño y nostalgia una situación en la que yo no había participado, evitando inteligente y amablemente responder a mi pregunta. Cuando me marchaba se ofreció a llevarme a casa porque ella también tenía que madrugar. Al día siguiente salía para Roma de vacaciones muy temprano con su hijo. Cuando nos despedimos delante del portal con los dos besos de rigor, su boca rozó levemente mis labios. Subiendo en el ascensor, mientras esperaba que se abriese la puerta en el undécimo piso, me miré a los ojos en el espejo y me descubrí una mancha de carmín en la cara. Buscando el pañuelo en el bolsillo, me encontré doblada una servilleta del restaurante. La abrí para limpiarme y me encontré escrito tu nombre. Al final resultó ser uno de esos juegos que dan tanto de sí a la vida social. Supongo que fue el único pensamiento acertado que tuve aquella noche.
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24.12.06
Jugando con Eva
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16.12.06
Jugando con Eva
La segunda partida
A las diez y media nos levantamos y nos marchamos del bar porque Nano tenía que ir a coger su tren. ¡Jodido Nano! Durante el trayecto de subida al pueblo no dije ni una palabra. Me acuné contra el respaldo del asiento del copiloto mientras miraba las estrellas y me fumaba el cigarrillo de después, el de después de amarte. Qué rico me supo. La carretera de acceso era tan empinada que el coche se ponía en posición vertical. La subida era muy agradable, pero la bajada te dejaba unas agujetas tremendas en los brazos como resultado del esfuerzo que suponía ir más de quince minutos haciendo palanca contra el salpicadero, condición indispensable si uno no quería acabar empotrado. Rompió el encanto una conversación entre Kiko y Juán sobre la supuesta superioridad que este último afirmaba tener sobre las personas con una discapacidad mental. Aunque me pareció una joyita de chaval, decidí sabiamente darnos una tregua . Ya habíamos tenido demasiada gresca en el poco fin de semana que llevábamos juntos, así que continué entregada a mi momento íntimo. No cabrearme y pasar del tema me supuso un esfuerzo sobrehumano de autocontrol, porque entonces aún creía que de ese modo era posible cambiar a las personas.
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4.12.06
Cambio de cabezas
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Leo Mashlia. Cambio de cabezas.
Si os lo recomiendan es una prueba de que os quieren bien. Tiene una filosofía delirante. Una no puede parar de recrear sus cuentos en miles de situaciones propias y ajenas.
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30.11.06
Jugando con Eva
Eran las siete de la tarde cuando bajamos del coche en la estación de tren de Ourense. Ocho personajes repartidos entre dos coches componíamos la pequeña comitiva. Raúl, el hombre eternamente neutral en debates y conversaciones de café, con la desarrollada habilidad de llevar siempre la contraria independientemente del tema y los argumentos que se expusieran. Tenía la sana intención de hacer ver a quien lo quisiera escuchar que todo era relativo, tal y como él mismo justificaba incansablemente en los momentos álgidos de la discusiones, cuando la desesperación de su interlocutor se hacía evidente hasta el punto de hacerle perder la razón. Juan, un impresentable, facha, intolerante y machista, el motivo de que valorase siempre tres veces la conveniencia de asistir a esas excursiones de fin de semana. Concha, la novia objeto del impresentable, que sólo se movía o emitía algún ruído en respuesta a un estímulo emitido por él. Xan, el mejor amigo de Raúl, un chico generalmente sobrio, sereno y tranquilo, con trastornos de personalidad bipolar como consecuencia de la ingesta de alcohol, aunque sin consecuencias graves para los acompañantes. Mi pareja en aquel momento. Kiko, el dueño de la casa donde se suponía que íbamos a pasar un relajante fin de semana. Sólo puedo decir que era un tipo dulce y de agradable conversación. Julia, la novia de Kiko, compañera de universidad, amiga, confidente indispensable de todos nosotros, la energía que impulsaba nuestra vida social y cultural. Y Eva, la hermana de Kiko.
En la cafetería de la estación nos encontramos todos con Nano, un amigo de la infancia del pueblo de nuestro anfitrión. Aprovechando que Nano tenía que coger un tren a las once de la noche, habían quedado para contarse como les iba la vida después de cuatro años en los que habían perdido el contacto. Decidimos acompañarlo amenizándole la espera y nos tomamos unas cañas en la cafetería durante tres horas largas. Sólo recuerdo que tú estabas sentada a mi izquierda porque, desde ese momento, borré todo lo demás. –Ahora me dirijo a ti porque siento que debo resolver un asunto pendiente-. Filosofamos con un tono demasiado solemne sin miedo a equivocarnos, pero seguramente equivocándonos, sobre el miedo a la muerte, el amor a la vida, la búsqueda del ideal y de la verdad, de nuestra verdad. Te dije que siempre había tenido pánico a morir, a abandonar este mundo, a perder la consciencia, que me daba igual reencarnarme o vivir eternamente si no podía hacerlo de la misma manera que lo venía haciendo. Tú me miraste y me dijiste muy seria:
¿Y no será que lo que te pasa es que en el fondo tienes miedo a vivir?
¡Qué va!, si no paro, estoy todo el día haciendo cosas, no puedo parar, no quiero dejar un solo minuto para pensar.
¿Para pensar que estás viva? ¿Para pensar en tu vida?
No, para pensar en general, cada vez que pienso mucho siempre acabo agobiándome, no sé, pensando cosas chungas.
Pues entonces, ¿cómo es que dices que no tienes miedo a la vida si no puedes ni siquiera pensar en ella? Vivir no es sinónimo de hacer muchas cosas, de no parar un momento, vivir es también pararse y pensar, ser consciente de que estás viva y todo lo que eso conlleva.
Me entraste por el oído como una caricia. He de reconocer que este sentido es el responsable de la mayor parte de lo que he aprendido, gozado y sufrido. Siempre ha tenido un gran peso en mis relaciones interpersonales, sobre todo cuando hay perspectivas de jodienda de por medio. Mucha gente tiene más desarrollada la vista, vive y siente a través de imágenes, yo no sabría vivir sin oído. Entonces aún no era consciente pero hoy lo puedo afirmar con seguridad. Te miraba y pensaba la facilidad que tenías para darle la vuelta a las cosas, para leer dentro de mí o para convencerme de que me leías. Te admiré por lo que conocía de ti y por lo que aún no conocía pero soñaba e idealizaba. - ¡Qué lista es! - ¡Qué inteligente! - ¡Qué guapa!- . En aquel momento, mi estrategia social me llevaba a situarme siempre en un segundo plano, creyendo que eso me envolvería en el alo de misterio que me hubiera gustado tener, aunque la mayoría de las veces esa pretensión me hiciera sentir bastante estúpida y demasiado transparente. No me gustabas porque fueras guapa, me gustabas porque eras atractiva, estabas dentro de los cánones de mi ideal de belleza post adolescente: morena, de mediana estatura, gafas grandes de pasta algo desfasadas, nariz aguileña, ojos oscuros bajo unas pestañas espesas, blanca como el papel, con aspecto de gueto de Varsovia. En definitiva, dura pero en el fondo desamparada, muy culta y un poco traumatizada. Me volvía loca de placer pensando que yo podría desentrañar todo tu universo interior y curar tus pupas mentales. Un reto que se presentaba como una medicina para subir mi pobre autoestima en aquel momento. Por eso absorbía todo lo que tú decías. Me proyectaba con gusto escuchándome hablar a mi misma. Eran temas que hoy me parecen trillados y mamados pero para los que aún sigo sin tener una única respuesta, aunque cada vez me obsesionan menos: la necesidad de seguir fiel a un ideal para no tener que replantearnos todo nuestro universo, el miedo al cambio, al fracaso. Echando la vista atrás me doy cuenta de que la búsqueda y obtención de respuestas no siempre es una cuestión de inteligencia sino que, la mayoría de las veces, depende directamente de la experiencia. A veces, sólo se trata de poner fin a una fase rebelde idealista, que a algunas mujeres nos desborda en torno al meridiano de los treinta, cuando nos damos cuenta de que no tenemos que esforzarnos tanto en rebelarnos contra todo y nada porque siempre hemos tenido el control de nuestra propia vida, aunque no lo supiésemos o no lo quisiésemos saber. Supongo que nos es más fácil seguir haciéndonos las locas, en detrimento de nuestra propia imagen, que hacernos conscientes de la capacidad de control que una tiene en una sociedad que, de una forma cada vez más peligrosamente subliminal, te lo sigue poniendo muy duro si lo quieres canalizar y ejercer. Me entraron ganas de que te parases a pensar en tu vida y me la contases pero, no dije nada, sólo te escuché y dejé que siguieses hablando por el simple placer de oírte, de querer descubrirte y de descubrirme en ti. - Quieres huir para no tener que pensar en tu vida, en las responsabilidades, en el compromiso, en la estabilidad, en las cargas, en la rutina- seguías hablando sin parar. – El ideal no es más que una proyección de uno mismo- me contabas mirándome desde el fondo de tus ojos miel. ¡Cuanta razón tenías! Te amaba como se amaba Narciso reflejándose en el agua del estanque. Porque eras mi ideal, mi yo maduro, mi promesa de futuro. Eras la imagen de mi misma que quería tener, el traje que me hubiese gustado ponerme los domingos. Aún no era capaz de valorar el que tenía, no me parecía una elección personal. Era una cría un poco insegura, egocéntrica, caprichosa y... supongo que aún me quedan secuelas. No sé en que momento la conversación giró. – El sexo- decías, mientras yo visualizaba cada palabra – es una forma más de comunicarse, de intercambiar intimidades, pero no la única, ¿No te pasa que a veces tienes una conversación con alguien y notas que compartís algo muy intimo?, ¿Porqué no tenemos celos de esos momentos y si los tenemos del sexo?-. – ¡Joder estamos follando!- pensé al momento. De repente comprendí que estábamos teniendo lo que de allí en adelante denominaría como una buena dosis de sexo conversacional. Las formas del placer sexual pueden llegar a ser muy curiosas. Dudaba si se trataba de una experiencia compartida, de un polvo, o de un acto de amor propio, una masturbación en toda regla. En aquel momento aún no lo sabía, porque la mente puede seguir siendo virgen en muchos aspectos, pero traté de olvidar el miedo que me producías y me concentré en las grandes promesas que ofrecías. Me armé de valor y me tiré de cabeza. Mientras me sumergía poco a poco en la profundidad de tus palabras empecé a cogerle la mecánica al asunto y, antes de que pudiera darme cuenta, empecé a darte mucha caña mental, tanta, que inspiraste y protagonizaste algunas de mis mejores fantasías. Curiosamente en ninguna hablamos.
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5.9.06
Dosis
Cuando me escapo de casa buscando una dosis de realidad,la calle me parece un puto decorado poblado de títeres
y océanos de formalismos inundan mi mente.
Puedo ver, si asomo un poquito la cabeza a un asfalto
en el que no reconozco un rastro de vida, de mi vida,
desiertos de sentimiento y ternura que secan mi alma.
Me topo con tu mirada.
Se me seca la mente.
Se me inunda el alma.
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21.8.06
16.8.06
19.7.06
El vicio
¿Por qué espirales? Porque son movimiento curvo, sinuoso, latente…, porque recorren el espacio en busca de sí mismas…, porque contienen todas las contradicciones…, porque pueden ser todo lo que tú quieras…
Me anima a buscar otras muchas similitudes sorprendentes con las que sustentar esta base, a pensar en una manera compartida de percibir, comprender y transformar el mundo, a sentirme acompañada en la lucha ante el gran reto: vivir.
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13.7.06
Aunque sé que no estás conectada,
te he buscado por la red.
Esto es lo que me pasa a todas horas,
que sé que no estás y, sin embargo, te busco.
Sobre las cuatro y media te llamo
sólo para saludarte.
No coges o no estás.
De verdad, que hay días
que me pregunto
si de verdad existes.
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9.7.06
mundo pototo nace
Nadie ha podido demostrar hasta ahora
de manera fehaciente
que los pequeños deseos
son más fáciles de conseguir que los grandes.
Sólo se ha podido demostrar
de manera fehaciente
que son más numerosos.
Cristina Peri Rossi
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